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Treinta kilómetros más allá de El Soberbio se termina el asfalto y el camino sigue hasta los Saltos del Moconá en formato de ripio. Los primeros tramos se transitan con facilidad, la suficiente para hacer cuatro kilómetros y llegar a Posada La Misión.
Luego, no es apto para vehículos bajos. Nuevamente se imponen las 4x4, pero hay un dato que vale la pena retener: Posada La Misión es el único establecimiento que ofrece alojamiento en la costa del río y es muy cómodo, y rápido, llegar navegando. Ellos tienen una lancha a motor y un timonel autorizado por Prefectura para realizar la excursión.
Carlos, el anfitrión, capitanea la lancha para llegar a la impresionante ruptura del Uruguay que da a estos saltos sus cualidades únicas. Es una falla de 3 kilómetros de largo que corta el lecho del río longitudinalmente, y aquí está la unicidad del espectáculo. La profundidad es infernal: 120 metros.
El agua parece hervir, pero no es la temperatura lo que origina la apariencia, sino los terribles remolinos que provoca la furiosa oxigenación que provoca tanta caída. Carlos navega estas aguas como usted camina en su vereda y tiene en su cabeza una verdadera biblioteca de datos para dar a sus pasajeros.
Las alturas de los saltos dependen de la cantidad de agua que traiga el río. Si está demasiado crecido, no hay saltos, porque el agua tapa la falla. Un término intermedio da como resultado unas caídas de entre 6 a 8 metros.
El espectáculo paraliza de tanta belleza. Hay otras formas de abordar el espectáculo: si el agua está baja, desde el lado argentino, por tierra, es posible caminar por las cortantes rocas desde donde cae el agua, y desde el lado brasilero -hay un cruce de aduana por El Soberbio- se tiene una visión panorámica bellísima, pero la emoción está allí donde el agua salpica a cada metro, sobre la lancha.
El paseo descubre también cómo la selva sigue su impulso gracias a los emprendimientos conservacionistas que están ganando lugar entre los inversores privados. Se nota exuberante la Reserva de Biosfera Yabotí y del Parque Provincial de Moconá.
Es muy agradable llegar a este lugar que lleva el nombre de la película de Roland Joffé. Tras el cartel de bienvenida que da al camino la selva abre su boca y uno debe ingresar por un túnel de espesa vegetación. Los verdes oscurecen, las sombras se apoderan de panorama y de repente el suelo se corta, tajante, en un barranco que cae sobre el soberbio Uruguay que hace relucir su paso orgulloso, seguro, rotundo. Dos miradores flotan sobre la caída y se comprende, que todo ha sido acomodado para poder contemplar y vivir la naturaleza a pleno.
Si la envidia no fuese un mal sentimiento, la vida de Magui y Carlos sería envidiable. Ellos son los anfitriones de La Misión; él, misionero; ella, brasilera de perfecto español. Auténticos cultores del portuñol a quienes las cuestiones lingüísticas en nada impiden expresar la felicidad con que cumplen su trabajo cotidiano.
De ellos se percibe una atención naturalmente cordial, correcta, cariñosa. Difícilmente algún detalle de la hospitalidad pase desapercibido a los ojos de Magui y Carlos sabrá interpretar, como anillo al dedo, los gustos de los visitantes. Andar a caballo, caminar por la selva, pescar, avistar aves o remontar el río hasta tocar con los dedos las aguas de los Saltos del Moconá, él tendrá la fórmula perfecta para cada gusto.
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